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El Senador

El hombre de piel cetrina y ojos como tizones se acomodó el nudo de la corbata frente al desvencijado espejo con minuciosa atención. La deteriorada mica corroída formaba grupos de manchitas negras aquí y allá que sembraba un aire dejadez y pobreza a todo el ambiente. No contento con el resultado obtenido Don Jorge desarmó y volvió pacientemente a tomar los dos extremos el precioso material que desde sus días de adolescente a aprender a anudarse. “Signo de virilidad” le había dicho su abuelo. La camisa que mostraba el espejo presumía de elegancia y procedencia extranjera en la blancura de sus fibras junto a la dureza de su cuello. Almidonada y planchada con esmero por la misma Hilda lucía magníficamente sobre los músculos trabajados de su espalda. Observó su figura en el añejo cristal y quedó satisfecho con lo que aquella imagen devolvía.

Acercándose a la silla desvencijada a un lado de la cama observó con descaro el esbelto cuerpo desnudo de Beatriz que yacía agotada bajo la mata abundante de su melena rubia. La suavidad de las líneas de sus formas, la delicada cintura que podía delinearse con un dedo como a una escultura griega siguiendo el contorno de sus caderas atestiguaba el cuerpo de una joven que si bien había cumplido los veinte hace casi un año, alguien diría parecía mas el de una adolescente. Las piernas interminables como las de una buena potranca pensó Don Jorge elevaban al diputado entrerriano al séptimo círculo del paraíso dantesco en un estallido de sensaciones placenteras. Su mano nudosa y áspera sucumbió ante la turgencia de la piel de la muchacha . Los dedos ajados en cruel sintonía con el marco del espejo deteriorado comenzaron a recorrer el borde de las caderas de la joven, para terminar en una escena de salvaje sensualidad. Los movimientos eróticos hubieran continuado de no haber sido interrumpidos por un suave llanto de la habitación contigua, atestiguando por el tono la presencia de alguien que contaría con pocas semanas de vida. Irritado ante la osadía de quien había logrado interrumpir su momento de placer, Don Jorge se levantó intempestivamente del precario lecho y espetó:

- Vaya a atenderlo carajo! Será de los dos pero la madre es Ud. La pucha que grita el pendejito. Va a tener que empezar a enseñarlo mejor.

La mujer niña saltó de la cama sintiendo que el alcohol de la noche anterior le estaba reverberando en la garganta. La cabeza le daba una y mil vueltas. Apenas pudo coordinar sus movimientos como para levantar la remera destrozada que horas antes Don Jorge había arrancado de su frágil cuerpo con salvaje impunidad atraído febrilmente por su inocente belleza. Tuvo quevolver a tragar el acido líquido verdoso que se empecinaba en volver una y otra vez a su boca.Pocas horas antes el senador provincial Don Jorge había hecho caso omiso la velada anterior de sus ruegos de que deseaba tomar a vino alcohol debido a que estaba amamantando a la criatura.

Los gritos desenfrenados de la pequeña provocarían sin duda, que dentro de pocos minutos algún vecino de pocas pulgas en el vetusto edificio, se acercara a hacer valer sus derechos de copropiedad. A tientas Beatriz se fue apoyando contra la pared en su tránsito hacia el otro cuarto mientras Don Jorge terminaba de acicalarse con puntilloso esmero frente al deteriorado espejo.

Sin poder lograr su cometido, Beatriz se abalanzó sobre el inodoro del baño contiguo y aferrándose al pie del artefacto, vomitó hasta el último bocado de lo que había ingerido esa mañana. Mientras la pequeña niña con el rostro enrojecido y bañado en lágrimas desconsoladas prorrumpía en gritos esténtores, la joven madre se estremecía en fuertes contorneos de su cuerpo, imposibilitada de acudir a su auxilio. Irritado por inusitada escena, el caudillo radical arrojó un importante manojo de billetes americanos sobre la mesita de luz y con un fuerte portazo se lanzó dentro del auto deportivo de alta gama. Bajo el sol de la siesta porteña,el fulgurante azul del codiciado chasis alemán se erigía como un insulto desmesurado entre tanto edificio desvencijado y maltrecho del sencillo barrio cercano al Congreso.


Las sesiones habían continuado ininterrumpidas durante toda la noche anterior a la mañana en la que Don José haría su entrada estratégica al antiguo palacio legislativo. Reflexionó sobre el hecho que generalmente aquellos representantes que pasaban toda la noche escuchando las exposiciones de otros o bien la propia eran generalmente aquellos senadores de menos peso sobre la promulgación definitiva de la ley. Probablemente la discusión se habría tornado más picante hacia mitad de mañana y alguna observación tal vez hubiera de perderse en su propia presentación. A pesar de estar consciente de la situación general , consideró sin embargo , que el tiempo pasado con Beatriz, había sido prioritario para conseguir claridad mental y cierta paz espiritual. “Tiempo al tiempo” solía aconsejarle sabiamente su mujer Lucía.

Nada despejaba más su cabeza que el ejercicio físico por la mañana o un buen apareamiento con una joven alegre. En ambas actividades descargaba toda la tensión acumulada durante largas horas de tiratenz y enconos encubiertos en la sala legislativa y lo devolvían a un lugar de serenidad y reflexión.

Prefirió dejar estacionado el auto a varias cuadras del lugar de reunión y llegar caminando al recinto legislativo. Así pasaría por la capilla de Santa Lucía y ofrecer sus actos en favor de su provincia desde aquel templo que curiosamente llevaba la misma denominación que su mujer: Lucía. Después de todo debía agradecerle al buen Dios la incréible esposa que le había puesto en el camino. No sólo había aportado una suculenta dote desde el día uno en que pidió su mano, sino que había resultado una hábil administradora y excelente madre de sus hijos. Más allá de la eficiencia en cada una de las tareas que desarrollaba como ama de casa, cuidadosa en los gastos y detallista en las tareas cotidianas, sabía guardar su lugar con recato y pocas palabras. Nunca había sido agraciada fisicamente , ni en los mejores tiempos de su jueventud. Pero aún esta condición resultaba conveniente a un marido que como él se ausentaba largos períodos de tiempo en Buenos Aires y podía dormir tranquilo que no muchos posarían sus ojos sobre su dulce Lucía. Curiosamente en los últimos tiempos había notado que le respondía con un dejo de irritación en su voz. Raro en ella…..?que sería? Probablemente cansancio. Las reformas de la cocina, con tanto obrero y seguir despertándose temprano para acompañar a los chicos al colegio, aprovisionar la despensa, llevarlos por la tarde a los maestros particulares (por qué le habría resultado tan haraganes y distraídos esos hijos suyos. Sería porque tenían demasiado …tan diferente a él que todo había tenido que ganárselo con el sudor de su frente) En fin……ya se le pasaría no tenía por qué preocuparse.

La penumbra del alto perímetro religioso luego de estar expuesto a los fuertes rayos solares veraniegos lo cegó por un momento. Apenas transpuso el umbral de reminiscencias góticas sintió un leve escalofrío en su piel. Quizás la diferencia de temperatura entre el calor estival porteño y el clima húmedo y un tanto enrarecido de la vieja iglesia, producto sin duda de los estrechos y longilíneosvitraux góticos que impedían el ingreso de la luz del día.

Tras persignarse automáticamente se arrodilló, cuidando que la raya del pantalón no se arrugara demasiado y comenzó a rezar el Padrenuestro con fruición. Sentía en todo su cuerpo una leve ansiedad y no podía explicar el por qué. Probablemente debido a la importancia de la ley que debían tratar que afectaría la economía de su provincia y el futuro de sus gobernados. Pero sabía que su Dios no podía abandonarlo. Su intención como siempre era el bien mayor: el bienestar y progreso de su comunidad . Su meta era indudablemente encomiable y no podría ser ensombrecida por un pequeño pecado simoníaco. El olor a cera de las pequeñas velas de la entrada flameando intermitentemente se mezclaban con una estela a jazmines que alguien dejó al pasar rápidamente a su lado. El perfume leve e intangible le recordó a su reciente travesura con Beatriz. La niña cariñosa y bonita como un pequeño juguete de peluche era todo aquello que un cincuentón de su talle podía desear. Esbelta, de formas bien contorneadas y musculatura acostumbrada a las trabajos en los bosques misioneros poseía un cuerpo que parecía tallado por un diestro cincel. Su ascendencia germana se revelaba en el colorido de su piel nívea, sus facciones pequeñas y sus ojos celeste agua. El delicado contorno de sus labios le atrajo desde el primer día en que posó sus ojos sobre ella cuando era una simple limpiadora de pisos y secaba con ahínco el hall de entrada en damero del palacio legislativo.

A buen entendedor , pocas palabras , solía decirse a sí mismo Don José que rápidamente advirtió el desamparo de la niña recién llegada de aquella lejana provincia. Las charlas y saludos cotidianos continuados con cafés prolongados en el barcito de la esquina habían desembocado al poco tiempo en una veloz mudanza al cuartito sencillo pero independiente que don José le había alquilado en aquella casona de inquilinato. La joven con un bebé de pocos meses que compartía anteriormente habitación con una venezolana discutidora y charlatana, le pareció mentira en un primer momento su buena estrella de haber dado con Don José. Poco a poco comenzó a ausentarse de su trabajo de maestranza y comenzó a tornarse más dependiente de los deseos imprevisibles del añoso legislador.

Las horas trascurrían lentamente para Beatriz que cada vez pasaba más tiempo en ropa de cama dentro del pequeño departamentito, feliz por un lado de poder ocuparse por completo de su pequeño hijo. Sin embargo, a medida que los días, y luego los meses comenzaron a transcurrir en una rutina grisácea y sin demasiados proyectos, le asaltaban sin ton ni son nubarrones de melancolía recordando su viejo trapo de piso y balde con detergente aguado. Mas de una vez deseó la frialdad del agua invernal que le tajeaba sus delicados dedos al estrujar el trozo de tela deshilachada que esa asfixia incolora y amorfa en el pequeño cuartito céntrico. Solo la salvaba la risa y el cariño del pequeño Nachito cuya mirada llena de vida cuando la observaba desde su pequeña cunita le infundía todo el valor del mundo y despejaba cualquier pensamiento negativo.

La melodiosa música sacramental , el claroscuro de las concavidades oscuras de los techos junto con la atmósfera impregnada de incienso y perfumes retornaron a Don José de la Serna Peña a la serenidad que necesitaba. Atrás había quedado la virulenta discusión con Lucía dos días atrás antes de emprender su viaje a Buenos Aires, donde ella lo acusaba de su creciente incomunicación y malhumor. El tono cansino, monótono y casi inaudible de su mujer lo exasperaba y lo hacía sentir culpable . Era como que su angustia se erguíacomo un filoso dedo acusador y se hincaba sin piedad en su piel. Todavía no comprendía el por qué de estos imprevistos exabruptos fuera de todo lugar si él se aseguraba antes de ausentarse de dejar pagas todas las cuentas e incluso había tomado el té con sus hijos durante un tiempo bastante prolongado a pesar de las innumerables interrupciones de los llamados de su celular.

Al recordar todo el episodio se arregló nerviosamente el nudo de la corbata, recordando como Lucía solía hacerlo siempre que el tenía una reunión importante. Volviéndose a persignarse en el atrio, salió a la calle, sintiendo nuevamente esa sensación inquietante y desconcertante. Negros nubarrones habían oscurecido el cielo diáfano y dorado del momento en el que había entrado. Pasando revista rápidamente a los argumentos que esgrimiría para sostener su iniciativa en el discurso introductorio, dobló automaticamente por Rodríguez Peña. Al hacerlo logró atisbar a lo lejos una Chevrolet blanca con vidrios polarizados que se acercaba a velocidad considerablemente llamativa en un lugar tan céntrico. Antes que pudiera cruzar la esquina una balacera ensordecedora impactó en su cuerpo, manchando el impecable nudo de su corbata y cubriendo de rojo oscuro su camisa blanca. Un picor como si le hubieran clavado una y otra vez cuchillazos de facones ganaderos le impidió emitir palabra. Emitiendo una enorme nube dehumo blanco la Chevrolet blanca se alejó tan rápidamente como había aparecido por la Avenida Rivadavia.. Trató de sostenerse contra la pared de piedra pero su cuerpo no le respondía y se fue deslizando lentamente contra el mismo muro. Un transeúte fortuito se acercó a socorrer asustado al cuerpo robusto que poco a poco iba perdiendo su color. La oscuridad tiñó loque restaba de su mundo y ya no pudo concebir pensamiento alguno