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El tiempo

El Tiempo en las Confesiones de San Agustín



En el libro XI de las Confesiones de San Agustín se encuentra uno de los tratamientos filosóficos clásicos del tiempo que sienta las bases para planteos posteriores no solo filosóficos sino científicos como la teorìa de la realtividad.

El obispo de Hipona hace una caracterización claramente contraintuitiva del mismo, sosteniendo la inexistencia real y solamente mental de pasado y futuro, y real sólo del presente.

El tiempo es medida del movimiento. Es, asimismo, obra de Dios y surge con la creación, no la antecede, por lo que Dios es anterior al tiempo, aunque no en sentido cronológico.

En este artìculo el Dr. Carlos Isler Soto de la Universidad Andrés Bello, expone sus perspectivas sobre el mismo.

Naturaleza del tiempo

1.Inexistencia del pasado y del futuro.


El primero de tales resultados contraintuitivos es la inexistencia real del pasado y del futuro. Según la concepción común del tiempo, éste se divide en presente, pasado y futuro, tal como los tiempos de los verbos gramaticales. Sin embargo, San Agustín sostendrá enérgicamente que pretérito y futuro no tienen existencia en la realidad de las cosas. La razón es sencilla: “el pretérito ha dejado de existir y el futuro no existe aún” (XI, c.14, 17). Y no existe lo que ya no existe ni lo que aún no existe. Luego, presente y futuro no existen. Sin embargo, San Agustín tiene claro que el problema es más complejo, y que hay un hecho indubitable, cual es que medimos los tiempos, incluyendo al pasado y al futuro. Hablamos, así, de un largo pasado y de un largo futuro. ¿Cómo es que puede medirse lo inexistente?, “¿cómo puede ser largo o breve algo que no existe? Porque de hecho el pretérito ya no existe y el futuro no existe todavía. Según esto, no debemos decir de un tiempo que es largo. Hablando del pretérito, debemos decir: fue largo, y hablando del futuro, debemos decir que será largo” (XI, c. 15, 18). Pero San Agustín procederá inmediatamente a excluir esta posibilidad, y su refutación tiene la estructura de un dilema. En efecto: no puede decirse del pasado que fue largo porque, o bien lo fue cuando había pasado (un cuerno del dilema) o bien cuando era presente (el otro). No puede ser lo primero, porque “podía ser largo cuando era susceptible de ser largo, pero una vez pasado, ya no existía” (XI, c. 15, 18), ni lo segundo, porque un tiempo presente no puede ser largo, por ser éste inextenso.


2.Carácter inextenso del presente


El segundo principio fundamental de la caracterización del tiempo en San Agustín es que el presente, el único tiempo que existe realmente, no tiene extensión alguna. El obispo de Hipona lo explica con un ejemplo: ¿podemos realmente hablar, v.gr., de cien años presentes? La respuesta es que no, ya que “si está transcurriendo el primero de estos cien años, este año es algo presente, pero los otros noventa y nueve son futuros. Por tanto no existen todavía. Pero si el que transcurre es el segundo, ya tenemos uno pasado, otro presente y los restantes son futuros” (XI, c. 15, 19). De la misma manera, este mismo tiempo que transcurre puede dividirse siempre en unidades más pequeñas, v.gr, meses, días, horas y segundos, y de las unidades resultantes de esa división sólo de una podrá decirse que está presente, y las restantes serán pasadas o futuras. Luego, por la infi nita divisibilidad de cualquier unidad de tiempo de la que se diga que es presente, se sigue que el presente es inextenso: “sólo se puede concebir un período de tiempo no susceptible de división en partes diminutísimas: éste es el presente. Pero vuela con tal rapidez del futuro al pasado, que apenas si tiene duración. Si tuviera alguna duración, se dividiría en pasado y futuro. Pero el presente no tiene extensión alguna” (XI, c. 15, 20).


3.Presencia del pasado y futuro


San Agustín dejó fi rmemente establecido que pasado y futuro no existen en la realidad. Sin embargo, es un hecho que hablamos de lo pasado y de lo futuro como si los conociéramos. De no existir de ningún modo pasado y futuro, no sería posible el conocimiento histórico y la profecía ni la previsión de los efectos de nuestras acciones, conocimiento este último necesario para elegir dichas acciones. Además, es un hecho también que medimos los tiempos, y así hablamos de un tiempo largo y otro corto. Sin embargo, ello parece ser incompatible con que sólo exista el presente, ya que éste es inextenso, y lo inextenso no puede medirse. Por lo tanto, es necesario relativizar la aserción de que pasado y futuro no existen. “Si el futuro no existe aún, ¿dónde lo han visto los que predijeron el futuro? No es posible ver lo que no existe. Y los que narran el pasado no contarían cosas verídicas si no lo vieran con la imaginación. Si el pasado no existiera, sería totalmente imposible verlo. Luego existe el futuro y el pasado” (XI, c. 17, 22). Esto no es contradictorio con la aserción anterior de que futuro y pasado no existen, porque anteriormente se refería San Agustín a la existencia deambos en la realidad. Respecto de que ni presente ni pasado existen realmente, San Agustín no se retractará. Sin embargo, es necesario reconocerles algún modo de existencia a fi n de salvar los fenómenos, particularmente que conocemos lo pasado y prevemos lo futuro, lo cual es imposible si futuro y pasado no fuesen de algún modo o “en algún lugar” (“¿dónde lo han visto [al futuro] los que predijeron el futuro?”). Por tanto, presente y pasado deben estar presentes “en algún lugar”. Sin embargo, ahí donde se encuentren, se encontrarán, aunque parezca paradójico, como presentes. No pueden estar de otro modo, esto es, como pasado ni futuro, porque sigue siendo cierto que sólo existe lo presente: dondequiera que estén [pasado y futuro] no son allí ni futuro ni pasado, sino presente. Si allí es futuro todavía, es que aún no existe, y si es pasado, es que ha dejado de existir... En la narración de los hechos verídicos del pasado, lo que se extrae de la memoria no son los hechos reales que acontecieron, sino las palabras engendradas por sus imágenes, las cuales, al pasar por nuestros sentidos, han dejado en nuestro espíritu una especie de huellas... En cuanto a si es análogo el caso de las cosas futuras objeto de predicción, de modo que se perciban las imágenes ya existentes de las cosas que aún no existen, confi eso, Dios mío, que no lo sé. Lo que si sé es que nosotros premeditamos de ordinario nuestras acciones futuras, y que esta premeditación está presente, aunque la acción que premeditamos no existe aún porque es futura (XI, c. 18, 23)2 . Y refiriéndose a la predicción de las cosas futuras, expresa que “cuando se afirma que se ven las cosas futuras, no nos referimos a aquellas que todavía no existen, es decir, a las cosas futuras. Lo que se ve son sus causas o quizá los signos, que son ya algo existente, y, por tanto, no son algo futuro, sino algo presente a quien los ve, que hace predecir el futuro imaginándolo en su espíritu” (XI, c. 18, 24). Por tanto, sigue firme el principio de que sólo se ve lo que existe, y sólo existe realmente lo presente.


4. El tiempo como medida

Como se veía, San Agustín constata el hecho de que medimos los tiempos. Luego el tiempo es medida. Se veía que, en lo relativo a la existencia real del tiempo, pasado y futuro no existen; sólo existe el presente, y éste no tiene extensión o duración alguna. Pretérito y futuro no existen en la realidad, aunque sí “en algún [otro] lugar”. Todo ello deja sin explicar el hecho de que medimos el tiempo, ya que no se puede medir ni lo inexistente ni lo inextenso. Para resolver el problema, San Agustín deberá analizar la relación del tiempo con el movimiento. Ante todo, debe decirse que el movimiento, a diferencia del tiempo, sí existe realmente. Por tanto, San Agustín debe rechazar aquella opinión que identifi ca al tiempo con el movimiento de los cuerpos. “Yo comprendo, y eres tú quien me lo dices, que ningún cuerpo se mueve fuera del tiempo. Pero no entiendo que el movimiento mismo del cuerpo sea el tiempo... Porque cuando un cuerpo se mueve, mido con el tiempo la duración del movimiento desde que empieza a moverse hasta que se para” (XI, c. 24, 31). Ello queda claro en el hecho de que “si el cuerpo, de modo alternativo, unas veces se mueve y otras está parado, la duración de su movimiento y de su reposo la medimos por el tiempo, y decimos ‘Ha estado el mismo tiempo parado que en movimiento’, o bien: ‘estuvo dos o tres veces más tiempo parado que en movimiento’” (XI, c. 24, 31). Por ello, aunque el tiempo no es el movimiento, sí es, en cambio, la medida de la duración del mismo y del reposo. Ahora bien, debe tenerse en cuenta que medir el tiempo signifi ca “medir los tiempos mientras pasan” (XI, c. 26, 33), porque “no mido el futuro que todavía no existe, ni mido el presente, porque no tiene extensión alguna, ni mido el pasado, que ya no existe” (XI, c. 26, 33). Luego el tiempo es medida del movimiento. Sin embargo, el obispo de Hipona agrega que el tiempo no es sólo medida del movimiento, sino de sí mismo: medimos el tiempo con otros tiempos. Así medimos la duración de una sílaba más larga con la duración de una sílaba más breve. La constatación de lo anterior –que el tiempo es medida– llevará a San Agustín a una importante conclusión en lo relativo a la naturaleza del mismo: “el tiempo es una especie de distensión” (XI, c. 23, 30)


Tiempo y espíritu

Todos los razonamientos anteriores permitirán entender finalmente la naturaleza del tiempo. San Agustín ha ido preparando la exposición de su propia doctrina del tiempo aceptando ciertos hechos evidentes –que medimos los tiempos, que de algún modo conocemos pasado y futuro–, y explorando distintas soluciones para explicar dichos hechos, rechazando la mayoría de ellas. Se ha llegado a algunos resultados provisionales: que el tiempo es medida del movimiento, que sólo existe realmente el presente inextenso, y que pasado y futuro están presentes en algún lugar que no es la naturaleza de las cosas. Finalmente, que el tiempo es cierta distensión. En este momento podrá sintetizar todos estos resultados provisionales. Poco antes había expresado que medimos el tiempo con el tiempo, y puesto el ejemplo de la medición de una sílaba larga con otra más breve. Ahora opondrá una objeción: Pero cuando suena una después de otra, si la primera [sílaba] es breve y la segunda es larga, ¿cómo retener la breve?, ¿cómo aplicarla a la larga para ver que la contiene justamente dos veces? ¿Cómo hacer esto, si la sílaba larga no empieza a sonar hasta que deja de sonar la breve? Y concentrándonos en la sílaba larga, ¿cómo medirla cuando está presente, si sólo puedo medirla cuando está acabada? El caso es que cuando ha acabado, ya pertenece al pasado. ¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Dónde está la breve con que mido? ¿Dónde la larga que mido? Ambas sonaron, se desvanecieron, pasaron, han dejado de existir... Luego lo que mido no son las sílabas en sí, que han dejado de existir. Lo que mido es algo que tengo en mi memoria y que permanece fi jo en ella (XI, c. 27, 35). Por tanto, “es en ti, espíritu mío, donde yo mido el tiempo... La impresión que las cosas al pasar producen en ti y que perdura una vez que han pasado es todo cuanto yo mido presente, no las cosas que han pasado y que produjeron esa impresión. Cuando yo mido el tiempo, es esta impresión la que mido” (XI, c. 27, 36). Lo anterior implica que el espíritu debe poseer ciertas facultades para retener el pasado y para imaginar el futuro. El obispo de Hipona nuevamente recurre a un ejemplo para ilustrar la situación: Si alguien quiere emitir una voz algo prolongada determinando antes en su pensamiento la extensión que va a darle, este tal ha reproducido, por supuesto, en silencio este espacio de tiempo, y confi ándolo a la memoria, ha comenzado a emitir aquella voz que se produce hasta llegar al límite prefi jado. Mejor dicho, se produce y se producirá este sonido, puesto que la parte producida, producida está, y lo que resta también se producirá. Así se lleva a efecto. La intención presente traslada el futuro al pasado, el pasado crece con la disminución del futuro, hasta que, con la consumación del futuro, todo se convierta en pasado. 37. Pero ¿cómo disminuye o se consume el futuro, si todavía es algo inexistente, o cómo crece el pasado, si ya no existe, sino por la existencia en el espíritu, que es autor de esta operación, de tres factores: la expectación, la atención y la memoria? De esta manera, lo que constituye objeto de espera pasa al campo de la memoria, convertido en objeto de atención (XI, c. 27-28, 36-37). Memoria, atención y expectación son los tres “factores” en los que están presentes al espíritu pasado, presente y futuro. Así pueden resolverse las múltiples paradojas generadas por la inexistencia real del pasado y futuro, y el carácter inextenso del presente: ¿Quién niega que el futuro no existe aún? No obstante, en el espíritu existe la expectación del futuro. ¿Y quién niega que el pasado ha dejado de existir? Sin embargo, en el espíritu existe la memoria del pasado. ¿Quién niega que el tiempo presente carece de extensión, por ser un punto que pasa? Sin embargo, subsiste la atención, por la cual corre hacia su desaparición aquello que fue presente (XI, c. 28, 37). CARLOS ISLER SOTO 195 Lo anterior da cuenta, además, del hecho de que medimos los tiempos, lo que parecía imposible, dado que presente y futuro no existen, por lo que no podrían ser ni largos ni breves. La solución agustiniana se sigue de lo ya dicho: “el tiempo futuro, al ser inexistente, no es largo. Un futuro largo equivale a una larga espera del futuro. Tampoco el pasado es largo por ser inexistente, sino que un pasado largo es una larga memoria del pasado” (XI, c. 28, 37).




Hemos analizado la brillante caracterización del tiempo que hace el obispo de Hipona en su obra más conocida. Por último, agreguemos solamente que es un tópico decir que San Agustín tiene una concepción psicológica del tiempo. Ahora bien: si por “psicológica” se entiende referido al alma o espíritu, ello sería correcto, siempre y cuando no se quiera decir con ello que sólo el alma es necesaria para que exista el tiempo, y éste no tuviese algún fundamento real en las cosas materiales que existen fuera del alma. Aunque San Agustín pone énfasis en la necesidad del alma para que haya tiempo, deja claro que donde no hay movimiento no hay tiempo tampoco, y movimiento hay donde hay entes compuestos de materia y forma. Con lo anterior, llega a resultados claramente similares a los de Aristóteles en la Física. La genialidad del obispo de Hipona es que llega a tales resultados sin haber conocido en absoluto la obra del Estagirita.


Dr. Carlos Isler Soto

Universidad Andrés Bello,

Santiago de Chile